Fin de la condena de Mario José Redondo Llenas por asesinato de niño

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Eran las 7:00 de la mañana. El clima en San Cristóbal se sentía cotidiano este martes, el aire pesaba distinto. El portón de Najayo Hombres se abría para dejar salir a Mario José Redondo Llenas, tras cumplir 30 años de prisión por la muerte de su primo José Rafael Llenas de Aybar (de 12 años de edad), un crimen que permanece en la memoria colectiva desde aquel fatídico mayo de 1996.

Con una camisa rosada y pantalón crema, Llenas cruzó el umbral. No salió solo, lo hacía escoltado por su hijo, familia y abogado junto a un folder con papeles, que, ante el enjambre de cámaras y micrófonos, buscaba dejar claro que nada podrá borrar el daño causado, del que se siente arrepentido y por el cual pide perdón.

«Solicito perdón sabiendo que no hay que dármelo, pero lo pido todos los días. Trato de que la forma en que conduzco mi vida sea el testimonio de lo que siento, porque no creo en palabras vanas ni en simples poses» Mario José Redondo Llena

Para sus tíos, solo pudo pedir respeto ante la última forma de dignidad que puede ofrecer a quienes quedaron marcados en el camino del crimen.

1996: el día que la inocencia se perdió

El 3 de mayo de 1996. Aquel día, el pequeño José Rafael, de apenas 12 años, llamó a su madre, Ileana Aybar, con la ilusión de ir a una exhibición de motores en un supermercado con su primo Mario José. La confianza era absoluta; eran familia.

Su madre, Ileana Aybar, accedió con la condición de que regresara a las 5:00 de la tarde. Sin embargo, cerca de una hora después, Redondo se comunicó con ella para informar que el niño había decidido quedarse en la Plaza Bolera para reunirse con amigos, una versión que despertó sospechas inmediatas, ya que no era habitual que el menor saliera sin supervisión.

La preocupación se transformó en alarma cuando la progenitora acudió al lugar ubicado en la avenida Abraham Lincoln, y comprobó que su hijo no se encontraba allí ni existía ninguna actividad como la descrita.

A partir de ese momento se activó la búsqueda, en la que incluso participó el propio Redondo Llenas, simulando preocupación por la desaparición.

El 4 de mayo, el horror tomó forma. El cuerpo de José Rafael fue hallado flotando en una laguna del arroyo Lebrón, en el kilómetro 24 de la autopista Duarte. Tenía 34 puñaladas, la mayoría en la espalda, y estaba atado de pies y manos con una saña inexplicable.

El móvil inicial, presuntamente un rescate de 10 millones de pesos, pareció desmoronarse ante la brutalidad del acto donde Redondo Llenas infligió las heridas a su primo mientras su amigo, Juan Manuel Moliné Rodríguez, sostenía el cuerpo del niño, quienes fueron condenado a 30 y 20 años de prisión.

El rastro inconcluso y el muro de cristal

A pesar del cierre judicial que supone la libertad de Redondo tras su salida, luego de que su amigo lo hiciera en 2016, el caso mantiene una zona de sombra que el tiempo no ha logrado iluminar: la conexión con la familia Palmas Meccia.

El cadáver apareció cerca de la finca de la entonces embajadora de Argentina, Teresa Meccia de Palmas.

Durante años, la investigación sugirió que el niño no murió en el arroyo, sino que sufrió una fase previa de tortura en una residencia vinculada a los diplomáticos. Pero la justicia dominicana chocó contra la inmunidad y la distancia.

Luis Palmas de la Calzada y su hijo Martín salieron del país y la extradición fue un intento fallido que dejó el expediente con un sabor a impunidad parcial.

A su salida de prisión, Redondo Llenas fue cuestionado sobre si los Palmas Meccia participaron, sin embargo, prefirió el refugio de la ambigüedad.

«Esa pregunta a mí me la han hecho 500 veces, más o menos, y yo he tratado de responderla como mejor he podido en los diferentes momentos, porque no es lo mismo ahora que tengo 49 años, que yo con 18 o 19 años. En cada momento he tratado de producir la mejor respuesta que yo he sido capaz. Esa respuesta sigue generando, vamos a decir, esas inquietudes«, fue su respuesta.

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Estudio derecho y agropecuaria

Mientras el país lo recordaba por uno de los crímenes más impactantes de la historia reciente, dentro de los centros penitenciarios Redondo dice haber construido otra narrativa, que pasó de la alfabetización a las aulas universitarias, hasta completar estudios en abogacía.

Pero su formación no se quedó en lo jurídico. Paralelamente, se capacitó en el área agropecuaria, un espacio que, según sus declaraciones, le permitió trasladar el aprendizaje a la práctica, participando en proyectos agrícolas dentro de prisión.

«Trabajé en proyectos agrícolas donde encontré sentido en el trabajo productivo. Fui testigo de la evolución del sistema penitenciario y del impacto de la educación dentro de él. Completé estudios en Derecho, también tengo una licenciatura en Ciencias y Letras, así como perito en Ciencias Agronómicas«, afirmó este martes tras salir de prisión.

Esa dualidad entre códigos legales y trabajo de campo definió su día a día durante años.

«Lo aprendido, lo pensado, lo reflexionado y lo practicado en los centros penitenciarios donde he estado recluido, no haya sido en vano«, expresó este martes al salir de prisión.

En ese proceso, afirmó que no solo fue estudiante. También asumió un rol dentro de la dinámica educativa de los recintos, sirviendo como facilitador y guía de otros privados de libertad, acompañando su formación académica.

«Durante estas tres décadas he estado marcado por el esfuerzo constante de transformación. Participé en procesos educativos desde la alfabetización hasta el nivel universitario. Serví como estudiante, como facilitador de conocimiento y en algunos casos como guía, como compañero de mis compañeros», explicó.

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